Hoy muchos padres crían con miedo. Con los chicos pequeños, miedo a poner límites, a decidir sobre la comida, el juego, el cuidado, los riesgos de todos los días: padres de algodón que envuelven a hijos que suponen de cristal. Cuando esos hijos llegan a la adolescencia, cuesta sostener la firmeza, bancar el enojo y el desafío propios de la edad; a veces el adulto termina rivalizando con el adolescente en lugar de oficiar de tutor.
Mi trabajo es sostener a los adultos en su rol de adultos. Cuando hay alguien que sostiene, el hijo encuentra una estructura contra la cual empujar, y ese empuje —discutir, probar, desafiar el límite— deja de ser una amenaza para volverse parte de su crecimiento. Los chicos pueden ser chicos cuando los grandes pueden ser tutores.